Primer cuento de Matías...


Con los ojos de un perro

 Por Matías Cabanilla



Cada noche se vuelve más fría, ya no siento frio ni calor, me duelen las costillas, el golpe fue más fuerte de lo que pensé, en estos momentos de agonía me pregunto: ¿quién es el animal?

Busco una razón para luchar contra el dolor, pero aunque por algún tipo de milagro sobreviva esta noche y mi cuerpo se recupere, volveré a esa situación en la que estaba antes de que esos chicos me golpearan con unos palos,  por buscar comida en las fundas negras que ponen afuera de sus casas cada noche.  Las heridas en mi cuerpo me permiten olvidar el hambre que sentía. Pensando detenidamente, prefiero estar aquí.

Entre la oscuridad de la noche veo pasar humanos, llenos de cosas superficiales e innecesarias, muchos se quejan por el tipo de vida que tienen, aunque la mayoría come todos los días  y tienen un abrigo que los cubre de las gotas que caen a cantaros del cielo, la envida y la codicia segó sus corazones, viven creyendo que su vida es injusta y que todo lo malo les pasa a ellos.

Ciertamente hubo días que no comí y noches que no dormí, pero nunca puede dejar de sentir que mi situación no estaba tan mal en comparación con la de ellos. Muchos viven sin sentido, salen en la mañana de sus casas para  entrar a un lugar aburrido, donde pasan sentados todo el día al frente de una pantalla, después, tarde en la noche, apagan todo y vuelven a sus hogares. Ellos justifican estos actos diciendo que necesitan dinero para vivir, pero la verdad es que la mayoría viven para tener dinero, esta cosa los controla a todos, aunque solo es una hoja de papel, nadie quiere deshacerse de él.

Había una señora que me alimentaba de vez en cuando. María me mostro la verdadera felicidad que  debería sentir cada ser humano, efectivamente ella no era pobre pero vivía con el dinero suficiente, ella pasaba sola casi todo el tiempo pero nunca sintió que le faltara compañía. Recuerdo que siempre decía “La verdadera felicidad se encuentra en los pequeños momentos de la vida, nuestro deber debería ser esforzarnos por hacer que duren más. Hacer lo que amamos”. Una tarde, como cualquier otra, se fue en un auto blanco, nunca más supe de ella.

Al fin pude saber que lo único que aprendí fue lo necesario. La verdadera felicidad esta en cada uno de nosotros, me gustaría poder explicar eso a los humanos, pero hoy estoy listo para partir.
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