Discurso de graduación Noviembre del 2010

Enrique Cabanilla
Desde varios días atrás he pensado mucho en un significado que se encierra en varias palabras como promesa, juramento, pacto, entre otras. Sin llegar a la profundidad de un minucioso estudio jurídico o lingüístico, en varios momentos del día, para entender el significado de este concepto, me pregunté ¿Cuántos pactos, juramentos, promesas he realizado en mi vida? ¿Cuántos los he cumplido? ¿Cuantos no los he llevado a cabo? Y finalmente, ¿Cuáles han sido sus consecuencias?
De entre las cosas que encontré, y entre las que estoy seguro muchos conllevamos, deseo compartir con ustedes aquellas que me parecieron importantes:
La primera fue mi pacto con Dios, tal vez en más duro y fuerte, por cuanto en el balance de cuanto lo he cumplido y cuanto he fallado no son muy halagadores los resultados. Sin embargo las consecuencias de esta promesa son infinitas: Soy hijo de Dios y bajo esta promesa sé que puedo regresar a casa muchas veces y siempre, mi Padre, me estará esperando con igual o mayor cariño. Por este pacto enmarcamos la vida en Principios como la honestidad, la justicia, la tolerancia, el respeto, la prudencia, entre muchos otros.
Un segundo pacto que encuentro muy importante es aquel que hacemos con nuestros padres, cuantas veces prometimos el portarnos bien en nuestra adolescencia. Cuantas veces juramos el dedicar más tiempo a los estudios a que los novios, amigos o televisión. Cuantas veces hicimos un pacto, entre lágrimas, cuando los ofendimos para curar las heridas causadas por las palabras que se escaparon en un momento de ira. Esta hermosa relación con los padres, aquellos muchos que acompañan ahora a nuestros queridos graduados, se fundamentó en muchas promesas, en varios cometimientos que días como hoy se van cumpliendo. Hoy ustedes honran ese ofrecimiento.
Un tercer juramento, muy lindo, es sin duda aquellos que hemos hecho por amor a nuestras parejas: “de ahora en adelante, en la desventura y la ventura, en la pobreza y en la riqueza, en la enfermedad y en la salud”. Con ese amor que obliga a la libertad individual a ser responsable y vivir una nueva libertad más plena y significativa. En esta relación también vivimos realizando otros pequeños acuerdos de convivencia, de respeto, de procurar todos los bienes en todos los niveles y órdenes, y ningún mal, en ningún nivel u orden. Buscar todos los bienes del cónyuge y de los hijos, en la salud, en lo económico, en lo cultural, en lo moral, en lo religioso, en lo espiritual. Sin duda una promesa que nos alimenta, que nos empuja, que nos llena y abriga. Un compromiso que nos acompaña todos los días.
Un siguiente pacto es el que hacemos con nuestros hijos. Me lo prometes, nos dicen muchas veces al día. Terminamos haciendo “garrita de oso” para validar un acuerdo para ir al parque, o simplemente para estar un momento juntos viendo una película. Les prometemos internamente como padres entregarles nuestro mejor esfuerzo para que posean competencias que les ayuden a transitar, como buenos seres humanos, por esta vida. Estas promesas son una buena educación, el compromiso de asistirles en sus dolencias física y finalmente un pacto de amor infinito que seguramente es el causante que se nos llenen los ojos de lágrimas cuando se graduaron en el jardín de infantes, o cuando recibieron el diploma por el día de la bandera.
Finalmente llegué a los pactos o juramentos profesionales. Específicamente hace un par de semanas hice uno muy importante, ante Dios y ante la Patria, con testigos de vida muy queridos. Una promesa muy similar a la que ustedes acaban de hacer. En ella manifesté, primero, mi aceptación responsable a una nueva dimensión de mi libertad. Profesionalmente la responsabilidad no debe atentar a la libertad, sino engrandecerla. Somos libres cuando cumplimos con los compromisos y con las funciones que nos comprometimos, somos libres cuando somos justos al momento de obrar, somos libres cuando confiamos en nuestro equipo de trabajo, dejamos a lado los temores, y en vez de convertirnos en una crítica constante somos parte de un todo que avanza. Demostramos nuestra libertad cuando no manifestamos ni demasiadas grandezas, ni humillación lastimera, somos libres en nuestro trabajo diario cuando ejercitamos las competencias que aprendimos en las aulas y las ponemos en beneficio de la empresa para la cual trabajamos o mejor aún, en nuestro propio emprendimiento; somos libres cuando damos todo por amor, sin guardar en viejos archivos aquellos conocimientos que adquirimos, pues todo lo guardado envejece, mientras que todo conocimiento que se comparte crece y mejora día a día.
El compromiso profesional tiene que ver con los valores que debemos afianzar en nuestra sociedad. Hoy en la gestión pública, en cargos muy prominentes, tenemos graduados de la UCT, y esperamos que ejerzan su promesa de trabajo, de honestidad, de transparencia. De igual forma en muchas empresas del sector, nuestros graduados tienen roles importantes que demuestran su temple, su lealtad, su voluntad de servicio. Hoy varios son micro empresarios y de seguro cumplen su pacto de esfuerzo, verdad y justicia.
Debemos llegar a vivir con nuestros compromisos como “el muchacho que entró con paso firme a la joyería y pidió al dueño le mostrara el mejor anillo de compromiso que tuviera. El joyero le presento uno.
La hermosa piedra, solitaria brillaba como un diminuto sol resplandeciente. El muchacho contempló el anillo y con una sonrisa lo aprobó. Preguntó luego el precio y se dispuso a pagarlo.
¿Se va usted a casar pronto? -le pregunto el joyero.
No, -respondió él. Ni siquiera tengo novia.
La muda sorpresa del joyero divirtió al comprador.
Es para mi mamá -dijo él. Cuando yo iba a nacer estuvo sola. Alguien le aconsejo que me matara antes de que naciera, Así se evitaría problemas. Pero ella se negó y me dio el don de la vida. Tuvo muchos problemas, muchos. Fue padre y madre para mí, y fue amiga y hermana, y fue maestra. Me hizo ser lo que soy. Ahora que puedo le compro este anillo de compromiso. Ella nunca tuvo uno. Yo se lo doy como promesa de que si ella hizo todo por mi, ahora yo haré todo por ella. Quizás después entregue yo otro anillo de compromiso, pero será el segundo.
El joyero no dijo nada. Solamente ordenó a su cajera que le hiciera al muchacho el descuento aquel que se hacía solo a los clientes importantes.”
Compromiso, pacto, juramento, promesa…. ¿Qué nos han dejado al final? Pues tal vez nada más que un epitafio que diga en nuestras tumbas que cumplimos con la palabra, que la respaldamos con nuestra vida, que la hicimos cobrar forma día a día y que en la balanza final esperamos haber cumplido con nuestra libertad de ser responsables. Ese epitafio, de seguro, honrará nuestra promesa espiritual y tendrá la mejor de las recompensas no solo en un hoy, sino en una eternidad absoluta.
Queridos graduados, cumplan su promesa y cuenten con nosotros como testigos, amigos, hermanos y compañeros de viaje para que sea una realidad de vida.
Gracias
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