Día 1: Vencer los miedos
Hasta 5 minutos antes de salir de mi casa, al momento de despedirme de mis hijos Matías (10) y María Paz (6), tuve segundos pensamientos de donde iba este día. Las noticias eran un repetir trágico de una escena que me duele en lo insondable del corazón, porque gracias a la profesión que escogí – el turismo – he sido uno de los bendecidos de conocer este Ecuador profundo y tan diferente al que me lo pinta la ciudad y el noticiero de las 8:00 PM. El Ecuador está en emergencia. El País se derrumba. Esto me hacía reflexionar sobre si lo mejor no sería plegar al miedo y ser también de aquellos que se refugian día a día a seguirse alimentando de la magnitud parcializada de las noticias.
Pero no, el construir un nuevo País radica en un principio básico que no trata en grandes manifiestos, sino en el día a día de cada uno de sus miembros que lo construyen desde su lugar. Un Ecuador de futuro . Entonces desde mi lugar me negué a darme por vencido y tome mis maletas.
Al salir, mi compañera de viaje, pidió al grupo que nos uniéramos en una breve oración, fue un momento tan fuerte que estoy seguro que ese instante las cadenas del miedo comenzaron a romperse.
Desde Quito a Riobamba es una alfombra, creo que podría llover 50 veces más y seguiría sí. Nuevamente comento con Luis, nuestro conductor, de cómo no nos importaría aportar más pero con servicios como estos. Esto casi como un preámbulo a lo que iba a ser nuestro reto más difícil de ese día, la vía Riobamba – Cuenca. Era como si nos acordáramos de viejas historias, y de darle a ese lugar la fuerza de comerse personas, buses, camiones, plantas, animales. Le atribuimos un poder sobrenatural que nos causaba miedo. Y si a esto le sumamos que las noticias parecían alimentar a este monstruo, íbamos creando un sentimiento que nos pudiera haber paralizado.
Pero ya estábamos ahí. Y estábamos dispuestos a vencer los miedos. Cajabamba, Colta, Palmira, Guamote, Alausí no sirvieron para más de arrullar al grupo. La paz del lugar era impresionante. Luego el momento decisivo, llegamos al corazón del monstruo. La carretera ha estado en pésimas condiciones desde hace varios inviernos y al momento que pasábamos sentí como la cadena explotó al mirar las tenues luces de las casas de lo que viven ahí, de aquellos para los cuales mi historia de miedo puede ser tan ridícula porque ellos son lo que están ahí y tienen que vivir con esto todos los días. Cuando llueve con lodo y deslaves, y cuando hace sol con un polvo que se te mete en la boca y te deja una sequedad extraña, harinosa. En ese momento me di cuenta que no estaba solo y de que no tenía porque tener miedo.
Estamos en manos de Dios, y compartimos una experiencia de bien. Y de pronto todo este Ecuador extraño, lejano y terrible que se me había metido por las venas noticiosas, se fue y entró ese Ecuador que había visto tantas otras veces. Ese Ecuador de casas a un costado del derrumbe donde sale un compatriota y te cuenta que esta historia se repite cada 15. Muy puntuales los problemas y los derrumbes.
Llegamos a Chunchi, paramos, habíamos pasado el monstruo, efectivamente la vía está en malas condiciones, pero por lo menos vimos maquinarias estacionadas ahí. Solo nos peguntábamos porque no estaban trabajando, y de repente surgió la respuesta: en Ecuador las emergencias son solo de 9 a 5. Reímos.
La carretera desde ahí tuvo muchos baches y muchas más historias. Por ejemplo cuando pasamos por Zhud, nos acordamos del nombre porque había sido noticia común en los periódicos, pero no era ese lugar terrible que nos contaban, era tan solo el Zhud, un poblado con casas, niños, perros y una vulcanizadora abierta 24 horas que estaba cerrada seguramente porque el miedo secuestro a los que pasan a diario por ahí.
Del Zhud a Biblien huecos, y entonces el gran cambio a lo que debería haber sido todo el trayecto, una autopista en buen estado (podría ser mejor) que nos lleva a Cuenca. Eran las 5:00, miré la ciudad para descubrir si Cuenca era la misma ciudad de la que vivo enamorado, y sí, las iglesias se hicieron oír al alba para decirme que está viva y espera por nosotros en cinco días.
Luego en la vía Girón - Pasaje el amanecer, para descubrir junto a él que buena parte de la vía está reconstruida y meterme, junto a mis alumnos y amigos, por un encañonado hermoso acompañado por el río Jubones en una buena parte.
En Jera tuvimos una primera parada por un pequeño derrumbe, pero la vía fue despejada y todos pasamos sin problema. Aquí tuve el tiempo para conversar los habitantes de Calapuyo que me contaron de sus vidas, a que se dedican y como ellos enfrentan estos derrumbes, que a su voz no son solo de hoy sino una constante de vida. Ahí parado al derrumbe reí y entendí que era “vencer el miedo”. Este día supe que esta gira sería especial.
Con una hora de retraso llegamos a la finca donde aprendimos como se cultiva el banano orgánico, desde la planta hasta su embalaje final nos ilustramos de cómo va la vida de este rincón de la Patria. Luego un suculento almuerzo, las respectivas fotos y salir hacia nuestro próximo punto Piñas, cargados de energía del grupo de Pequeños Productores de Banano El Guabo, que están luchando por mejores oportunidades para ellos y su familias.
El compartir l a carretera con la gente del lugar en un domingo fue algo perfecto, en una parte de la vía Piñas se había desprendido un tronco y llovía. Entonces ví como de varios carros se bajaron inmediatamente la gente del lugar, con sus familias, con sus hijos y sus risas, para abrir camino y compartir con nosotros su día a día.
Llegamos a Zaruma, la joya de la corona del lugar, hermosa como siempre. Vistamos las Minas del Sexmo y a bordo de una chiva recorrimos sus calles. Visitamos la casa de la patrona del lugar, La Virgen del Carmen, y caminamos por parte de sus casas readecuadas disfrutando su inigualable olor a café.
La noche en Piñas para un descanso meritorio, no alcance ni siquiera a cuestionarme más, porque quedé exhausto en mi lucha contra el miedo. Hoy vencí mis miedos, hablé con mi hijo en casa y le dije "como quisiera que estés aquí".
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